Del exilio al aprendizaje: la travesía de Roberto Buchting
"Si Nicaragua alguna vez quiere sanar, debe empezar por sus aulas".
El exilio nunca comienza con las maletas hechas ni con un destino claro. Comienza con un susurro amenazante o en casos de destierro, con un boleto de ida sin regreso. Para Roberto Buchting, un joven nicaragüense ahora residente en Irlanda, el exilio fue primero una necesidad, luego un desafío, y finalmente, un aula donde ha aprendido las lecciones más duras de su vida.
“El exilio es como lanzarte al mar en plena tormenta sin saber nadar, pero con la certeza de que detrás de ti hay un incendio que no puedes apagar”, dice Buchting con la mirada perdida, pero firme.
Un viaje sin brújula, pero con destino
En 2018, Buchting abandonó su hogar con la urgencia de quien lleva una bomba de tiempo en el bolsillo. Costa Rica fue su primer refugio, pero el alivio fue momentáneo. Volvió a Nicaragua un año después, en julio de 2019, con la esperanza ingenua de que las cosas habían cambiado. Pero en lugar de puertas abiertas, lo recibió una jaula invisible.
En noviembre de ese mismo año, fue detenido. Sin explicaciones, sin garantías, sin voz. Las semanas siguientes estuvieron marcadas por la vigilancia constante, las llamadas anónimas y los rostros desconocidos que aparecían en cada esquina.
“Estar en Nicaragua en ese momento era como vivir en una prisión sin barrotes. Sabía que cada paso que daba era observado, cada palabra que decía era escuchada, y cada decisión que tomaba podía ser la última”, recuerda Buchting.
Intentó estudiar. Primero en una universidad privada en Matagalpa, después en la Universidad Centroamericana (UCA) en Managua, pero el régimen ya había sellado todas las puertas. Dondequiera que iba, lo seguía la sombra de las amenazas.
“No podía estudiar, no podía abrir una cuenta bancaria, no podía ni caminar tranquilo por mi propia ciudad. Era lo que llaman una muerte civil”, relata.
2021: año del exilio
En agosto de 2021, agotado y consciente de que su vida estaba en riesgo, Buchting decidió escapar nuevamente. Esta vez, su ruta lo llevó por Honduras, El Salvador y, finalmente, Irlanda.
“Irlanda me recibió con un idioma que no entendía, un clima que calaba los huesos y una cultura tan lejana a la mía como la luna lo es del mar. Pero también me recibió con brazos abiertos, con apoyo y con oportunidades”, recuerda.
Las primeras semanas en Irlanda fueron un campo de batalla silencioso. El idioma inglés era un muro invisible entre él y la sociedad, pero no inquebrantable. Con ayuda de programas de protección internacional, terapia psicológica y cursos de inserción laboral, Buchting comenzó a reconstruir los cimientos de su nueva vida.
“Aquí no sos solo un número en un sistema. Aquí te enseñan, te escuchan y te ayudan a ser parte de algo más grande”, refiere.
Se insertó al mercado laboral
En Irlanda, Buchting no solo encontró refugio, sino también una oportunidad para reconstruir su vida a través del trabajo. Gracias al sistema de protección internacional, pudo acceder a programas de inserción laboral y cursos de capacitación que facilitaron su adaptación al entorno profesional.
“En el trabajo me he sentido valorado y bien recibido. Aquí no importa de dónde vienes, sino lo que puedes aportar”, reflexiona.
Además, Buchting tiene la mira puesta en el futuro: desea retomar sus estudios, posiblemente en el área de economía, y aprovechar los programas de formación dual que permiten trabajar y estudiar simultáneamente.
Para él, el empleo no es solo un medio de subsistencia, sino un puente hacia la estabilidad y el crecimiento personal en una tierra que, aunque ajena, le ha abierto sus puertas.
La herida educativa: entre el adoctrinamiento y el olvido
En su voz hay un dejo de amargura cuando habla de la educación en Nicaragua. Para él, las aulas no eran santuarios del conocimiento, sino trincheras donde las ideas eran armas y la historia, un relato manipulado para justificar lo injustificable.
“En Nicaragua, estudiar no es un derecho, es un privilegio reservado para quienes repiten consignas en lugar de cuestionarlas. Una beca no se gana con méritos académicos, sino con lealtades políticas”, sentencia Buchting.
Describe un sistema educativo corroído por la mediocridad y el adoctrinamiento, donde los jóvenes son piezas de un tablero político, más que ciudadanos con derecho a aprender y crecer.
Pero en Irlanda, encontró otra realidad: un sistema donde la educación es un puente hacia el futuro, no una herramienta de control. Aquí, los jóvenes pueden estudiar y trabajar simultáneamente, pueden especializarse en carreras que en Nicaragua apenas existen, como la gestión deportiva o la salud mental comunitaria.
“Aquí, estudiar es una puerta abierta. No importa de dónde vienes, importa hacia dónde quieres ir”, señala.
Entre dos tierras: una patria en el bolsillo y un futuro en construcción
Buchting aún sueña con Nicaragua. Sueña con sus paisajes, con sus sabores, con el calor de su gente. Sin embargo, es pragmático al señalar si regresase o no al país.
“No sé si regresaría. No si eso significa empezar de cero otra vez. Pero si regreso, será para aportar, para enseñar, para devolver algo de lo que este país me ha dado”, refiere.
"Nicaragua sigue conmigo, aunque esté lejos. Porque puedes sacar al hombre de su tierra, pero nunca sacarás su tierra del hombre", añade.
La educación como antídoto contra el olvido
Según Buchting, la educación es la única medicina capaz de curar las heridas de un país roto.
"Si Nicaragua alguna vez quiere sanar, debe empezar por sus aulas. Hay que desterrar el miedo, la mentira y la mediocridad de las escuelas y universidades. Solo así habrá futuro", concluye.